La alegría sin causa

libro-bobinAmar a alguien es leerle. Es saber todas las frases que están en el corazón del otro y al leerlas, liberarlas. Es desplegar su corazón como un pergamino y leerlo en alto, como si cada uno fuésemos un libro escrito en un idioma extranjero.

Hay más texto escrito en un rostro que en el volumen de la Pléyade y, cuando miro un rostro, intento leerlo todo, hasta las notas a pie de página. Penetro en los rostros, como me adentro en la niebla, hasta donde el paisaje se aclara, hasta los detalles más mínimos. Nuestros propios actos nos parecen indescifrables.  Quizás sea este el motivo por el que los niños aman tanto que se les cuente, una y otra vez, un episodio de su infancia.

Leer así al otro, es favorecer su respiración, es decir, hacerle existir.

Quizás los locos sean personas a quienes nadie les ha leído; furiosos de contener las frases que ninguna mirada ha recorrido jamás. Son como libros cerrados. Una madre lee en los ojos de su hijo antes de que él sepa expresarse. Basta con haber sido mirado por un recién nacido para saber que el pequeño hombre sabe de repente leer.

libro-bobinEs como los grandes lectores: devoran el rostro del otro. Leemos en alguien como en un libro, y el libro se ilumina por haberlo leído y nos ilumina a nosotros; como lo que supone para un lector, una página muy bella de un libro raro.

Cuando no se ha leído un libro es como si no hubiera existido jamás. Lo más terrible que pueda suceder, entre dos personas que se aman, es que una de las dos, piense que ya lo ha leído todo y se aleje. Mientras que leyendo se escribe, de una forma muy misteriosa, el corazón del otro es un libro que se escribe poco a poco, y cuyas frases se pueden enriquecer con el tiempo. El corazón sólo está acabado y hecho cuando está fracturado por la muerte. Hasta el último momento se puede cambiar el contenido del libro. No acabamos de leer mientras que el otro está vivo.

Dios es el único lector perfecto, el que aporta todo el sentido a esta lectura. Pero la mayor parte del tiempo, la lectura del otro es muy superficial y no se habla de verdad. Quizás cada uno de nosotros es como una casa con muchas ventanas. Podemos llamar desde fuera y una o dos ventanas se iluminan, pero no todas. A veces, excepcionalmente, vamos a llamar a todas las ventanas y todas se iluminan. Pero esto es extremadamente raro.

Cuando la verdad ilumina todo, es el amor.

Christian Bobin