Papa Francisco a los sacerdotes: es el tiempo de la misericordia

Snap_2014.03.06_15h45m26s_001_Encuentro del Papa esta mañana con los sacerdotes de Roma en el aula Pablo

VI del Vaticano. El papa inició con una oración por Luigi Retrosi, párroco de Sant’Ambrogio all’Aurelio, fallecido ayer a la edad de 74 años. Después dijor sentirse muy afectado y de compartir el dolor de algunos sacerdotes por las injustas acusaciones recibidas. “Quiero decir públicamente – dijo – que yo estoy cercano al presbiterio, porque aquí los acusados no son 7-8-15… Es todo el presbiterio, en la persona de estos 7-8-15… (aplausos). También os quiero pedir perdón no tanto como obispo vuestro, sino como encargado del servicio diplomático, como Papa, porque uno de los acusadores es del servicio diplomático. Pero esto no se ha olvidado: se estudia el problema, porque esta persona sea apartada… Se está buscando el modo… Es un acto grave, de injusticia. Os pido perdón por esto”. (aplauso)

“Cuando junto con el Cardenal Vicario hemos pensado en este encuentro – prosiguió el Papa Francisco – le dije que podría hacer para vosotros una meditación sobre el tema de la misericordia. Al principio de la Cuaresma reflexionar juntos, como sacerdotes, sobre la misericordia nos hace bien. Todos nosotros la necesitamos. Y también los fieles, porque como pastores debemos dar mucha misericordia, ¡mucha! El pasaje del Evangelio de Mateo que hemos escuchado nos hace dirigir la mirada a Jesús que camina por las ciudades y pueblos. ¡Y esto es curioso! ¿Cuál es el lugar donde Jesús estaba más a menudo, donde se le podía encontrar con más facilidad? ¡En las calles! Podía parecer un sin techo, ¡porque siempre estaba en la calle! La vida de Jesús estaba en la calle. Sobre todo nos invita a captar la profundidad de su corazón, lo que Él siente por la muchedumbre, por la gente que encuentra: esa actitud interior de ‘compasión’, viendo a las gentes, sintió compasión de ellas, porque ve las personas ‘cansadas y agobiadas, como ovejas sin pastor’. Hemos escuchado tanto estas palabras, que quizás no entran con fuerza. ¡Pero son fuertes! Un poco como muchas personas que vosotros encontráis hoy por las calles de vuestros barrios … Después el horizonte se alarga, y vemos que estas ciudades y estos pueblos no son sólo Roma e Italia, sino que son el mundo… y esas muchedumbres cansadas son poblaciones de muchos países que están sufriendo situaciones aún más difíciles …. Entonces comprendemos que no estamos aquí para hacer un bonito ejercicio al principio de la Cuaresma, sino para escuchar la voz del Espíritu que habla a toda la Iglesia en este nuestro tiempo, que es precisamente el tiempo de la misericordia. De esto estoy seguro: ¡no sólo la Cuaresma! Nosotros estamos viviendo en tiempo de misericordia, desde hace treinta años o más hasta ahora”.

“En toda la Iglesia – dijo Papa Francisco – es el tiempo de la misericordia. Esta ha sido una intuición del beato Juan Pablo II. Él tuvo el pálpito de que este era el tiempo de la misericordia. Pensemos en la beatificación y canonización de Sor Faustina Kowalska, después introdujo la fiesta de la Divina Misericordia. Poco a poco fue yendo, fue yendo adelante con esto. En la Homilía para la Canonización, que tuvo lugar en el 2000, Juan Pablo II – de Faustina – subrayó que el mensaje de Jesucristo a Sor Faustina se coloca temporalmente entre las dos guerras mundiales y que está muy ligado a la historia del siglo XX. Y mirando al futuro dijo: “¿Qué nos traerán los años que están ante nosotros? ¿Cómo será el futuro del hombre sobre la tierra? A nosotros no se nos ha dado saberlo. Pero es cierto sin embargo que junto a nuevos progresos no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la divina misericordia, que el Señor quiso casi volver a entregar al mundo a través del carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio”. Está claro. Aquí es explícito en el 2000, pero es una cosa que en su corazón maduraba desde hacía tiempo. En su oración tuvo esta intuición”.

”Hoy – prosiguió – olvidamos todo demasiado rápido, ¡también el Magisterio de la Iglesia! En parte es inevitable, pero los grandes contenidos, las grandes intuiciones y los dones dados al Pueblo de Dios no podemos olvidarlos. Y esta de la divina misericordia es una de estos. Es un don que él nos dio, pero que viene de lo alto. Nos toca a nosotros, como ministros de la Iglesia, mantener vivo este mensaje, sobre todo en la predicación y en los gestos, en los signos, en las decisiones pastorales, por ejemplo la decisión de devolver la prioridad al sacramento de la Reconciliación, y al mismo tiempo a las obras de misericordia. Reconciliar, hacer las paces con el Sacramento, también con las palabras y también las obras de misericordia”.

El Papa plantea una pregunta: “¿Qué significa misericordia para los curas? Y me viene a la mente que algunos de vosotros me han llamado por teléfono, escrito una carta, después he llamado al teléfono… ‘pero Papa, ¿por qué usted la tiene con los curas?’. ¡Porque decían que yo doy palos a los curas! No quiero dar palos aquí … ¿Qué significa misericordia para los curas? Preguntémonos qué significa misericordia para un cura, permitidme decir para nosotros los curas. ¡Para nosotros, para todos nosotros! Los sacerdotes se conmueven ante las ovejas, como Jesús, cuando veía a la gente cansada y agobiada como ovejas sin pastor. Jesús tiene las “entrañas” de Dios, Isaías habla mucho de ello: está lleno de ternura hacia la gente, especialmente hacia las personas excluidas, es decir, hacia los pecadores, hacia los enfermos de los que nadie se cuida … Así a imagen del Buen Pastor, el cura es hombre de misericordia y de compasión, cercano a su gente y servidor de todos. Este es un criterio pastoral que quisiera subrayar mucho: ¡la cercanía! La proximidad y el servicio: ¡pero la proximidad! Esa cercanía … Cualquiera que se encuentre herido en su propia vida, de cualquier forma, puede encontrar en él atención y escucha… En particular, el sacerdote demuestra entrañas de misericordia al administrar el sacramento de la Reconciliación; lo demuestra en toda su actitud, en el modo de acoger, de escuchar, de aconsejar, de absolver … Pero esto deriva de cómo él mismo vive el sacramento en primera persona, de cómo se deja abrazar por Dios Padre en la Confesión, y permanece dentro de este abrazo … Si uno vive esto en sí, en el propio corazón, puede también darlo a los demás en el ministerio”.

Sin leer, añadió: ”Y os lanzo la pregunta: ‘¿Cómo me confieso? ¿Cómo? ¿Me dejo abrazar?’. Me viene a la mente un gran sacerdote de Buenos Aires … tiene menos años que yo: tendrá 72… Una vez vino a mí. Es un gran confesor: siempre la fila allí … Los curas, la mayoría, van a él a confesarse … ¡Es un gran confesor! Y una vez vino a mí: ‘Pero Padre’; ‘Dime….’; ‘Yo tengo un poco de escrúpulo, porque sé que perdono demasiado’; ‘Pero reza … Si perdonas demasiado …’. Y hablamos de la misericordia. En cierto punto me dijo: ‘Pero sabes, cuando siento que es fuerte este escrúpulo, voy a la capilla, ante el Tabernáculo…’. Y le dije: ‘Pero, perdóname, ¡Tu tienes la culpa, porque me has dado mal ejemplo!’. Y me voy tranquilo … Es una bonita oración de misericordia. Si uno en la confesión vive esto en sí, en su corazón, puede también darlo a los demás”.

“El sacerdote – afirmó – está llamado a aprender esto, a tener un corazón que se conmueve. Los curas – me permito la palabra – ‘asépticos’, los ‘de laboratorio’, todo limpio, todo bonito, no ayudan a la Iglesia. La Iglesia hoy podemos imaginarla como un  ‘hospital de campaña’. Esto perdonadme, lo repito, porque lo veo así, lo siento así: un ‘hospital de campaña’: es necesario curar las heridas , ¡tantas heridas! ¡Tantas heridas! Hay tanta gente herida, por los problemas materiales, por los escándalos, también en la Iglesia… Gente herida por las ilusiones del mundo … Nosotros los sacerdotes debemos estar allí, cerca de esta gente. Misericordia significa ante todo curar las heridas. Cuando uno está herido, necesita en seguida esto, no análisis; como el análisis del colesterol, de la glucemia … Pero está la herida, cura la herida, y luego vemos los análisis. Desués se harán las visitas especializadas, pero antes se deben curar las heridas abiertas. Para mí esto, en este momento, es más importante. También heridas ocultas, porque hay gente que se aleja para que no se vean sus heridas … Y me viene a la mente la costumbre de la ley mosaica de los leprosos en tiempos de Jesús, que estaban siempre alejados, para no contagiar … Gente que se aleja por la vergüenza, por esa vergüenza de no dejar ver las heridas … Y se alejan quizás un poco con mala cara, contra la Iglesia: pero en el fondo, dentro está la herida … ¡Quieren una caricia! Y vosotros, queridos hermanos, os pregunto: ¿conocéis las heridas de vuestros parroquianos? ¿Las intuís? ¿Les sois cercanos? Es la única pregunta …”.

Después prosiguió: “Misericordia no significa ni manga ancha ni rigidez. Volvamos al sacramento de la Reconciliación. Nos pasa a menudo, a nosotros sacerdotes, escuchar la experiencia de nuestros fieles que nos cuentan que han encontrado en la Confesión a un sacerdote muy ‘estricto’, o bien muy ‘amplio’, rigorista o laxista. Y esto no va bien. Que entre los confesores haya diferencias de estilo es normal, pero estas diferencias no pueden afectar a la sustancia, es decir, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxista ni el rigorista dan testimonio de Jesucristo, porque ni uno ni otro se hacen cargo de la persona que encuentran. El rigorista se lava las manos: de hecho la clava a la ley entendida de modo frío y rígido; el laxista en cambio se lava las manos: sólo aparentemente es misericordioso, pero en realidad no se toma en serio el problema de esa conciencia, minimizando el pecado. La verdadera misericordia se hace cargo de la persona, la escucha atentamente, se acerca con respeto y con verdad a su situación, y la acompaña en el camino de la reconciliación. ¡Y esto es fatigoso! ¡Si, ciertamente! El sacerdote verdaderamente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano… ¿pero por qué lo hace? Porque su corazón es capaz de compasión, es el corazón de Cristo”.

“Sabemos bien – subrayó de nuevo el Papa Francisco – que ni el laxismo ni el rigorismo hacen crecer la santidad. Quizás algunos rigoristas parecen santos, santos… Pero pensad en Pelagio y luego hablamos … No santifican al sacerdote, y no santifican al fiel: ¡ni el laxismo ni el rigorismo! La misericordia en cambio acompaña el camino de la santidad, la acompaña y la hace crecer … Demasiado trabajo para un párroco: ¡es verdad, demasiado trabajo! ¿Y de qué forma acompaña y hace crecer la santidad? A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de la misericordia. ¿Qué significa sufrimiento pastoral? Quiere decir sufrir por las personas. Y esto no es fácil. Sufrir como un padre y una madre sufren por los hijos. Me permito decir que incluso con ansiedad …”.

“Para explicarme – prosiguió el Papa – os hago también unas preguntas que me ayudan cuando un sacerdote viene a mi”. Y sin papeles continuó: “Dime: ¿Tu lloras? ¿O hemos perdido las lágrimas? Recuerdo que en los Misales antiguos, los de otra época, hay una oración bellísima para pedir el don de las lágrimas. Comenzaba así, la oración: ‘Señor, Tu que diste a Moisés la orden de golpear la piedra para que saliera el agua, golpea la piedra de mi corazón para que las lágrimas …’: era así, más o menos, la oración. Era bellísima. Pero, ¿cuántos de nosotros lloramos ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, ante tanta gente que no encuentra el camino? El llanto del sacerdote … ¿Tu lloras? ¿O en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu pueblo? Dime, ¿tu haces la oración de intercesión ante el Tabernáculo? ¿Tu luchas con el Señor por tu pueblo, como Abraham luchó? ¿Y si fueran menos? ¿Y si fueran 25? ¿Y si fueran 20? Esa oración valiente de intercesión … Pero, nosotros hablamos de parresía, de valor apostólico, y pensamos en planes pastorales … esto está bien: pero la misma parresía es necesaria en la oración. ¿Luchas con el Señor, o discutes con el Señor como hizo Moisés?, cuando el Señor estaba harto, cansado de su pueblo, y le dijo: ‘Tu tranquilo … los destruiré a todos y a ti te haré cabeza de otro pueblo’. No. No. Si destruyes al pueblo, destrúyeme también a mi. ¡Este tenía pantalones! Y yo hago la pregunta: ¿Nosotros tenemos los pantalones para luchar con Dios por nuestro pueblo?”.

Después hizo otra pregunta: “La noche, ¿cómo concluyes tu jornada? ¿Con el Señor o con la televisión? Y veo muchas sonrisas aquí [se ríe] … También yo me río, ¿eh? ¿Cómo es tu relación con los que ayudan a ser más misericordiosos? Es decir, ¿cómo es tu relación con los niños, con los ancianos, con los enfermos? ¿Sabes acariciarlos o te avergüenzas de acariciar a un anciano?”. Y prosiguió: “No te avergüences de la carne de tu hermano (cfr Reflexiones en esperanza, I cap.). Al final, seremos juzgados sobre cómo hemos sabido acercarnos a ‘toda carne’, este es Isaías. No te avergüences de la carne de tu hermano. ‘Hacerse prójimo’ – la proximidad, la cercanía: hacerse próximo a la carne del hermano. El sacerdote y el levita que pasaban antes del buen samaritano no supieron acercarse a esa persona golpeada por los bandidos. Su corazón estaba cerrado: quizás el cura había mirado el reloj y dijo: ‘Tengo que ir a Misa, no puedo llegar tarde a la Misa’, y se fue. Justificaciones, ¿eh? Cuántas veces nos justificamos para dar vueltas al problema, a la persona, ¿no? El otro, el levita, o el doctor de la ley, el abogado, dijo: ‘No, no puedo porque si hago esto mañana debo ir como testigo, perderé tiempo’. … Eh, las excusas… Y tenían el corazón cerrado. Pero el corazón cerrado se justifica siempre por lo que no hace. En cambio ese samaritano abre su corazón, se deja conmover en las entrañas, y este movimiento interior se traduce en acción práctica, en una intervención concreta y eficaz para ayudar a la persona. Al final de los tiempos será admitido a contemplar la carne glorificada de Cristo solo quien no haya tenido vergüenza de la carne de su hermano herido y excluido”.

Y sin papeles prosiguió: “Yo os confieso, a mi me hace bien, algunas veces, leer la lista sobre la que seré juzgado; me hace bien. Está en Mateo 25″.

Traducción de Inma Álvarez. Texto procedente de Radio Vaticano

 

 

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