Bergoglio relatado por el padre Fabián Báez • Por quien no he tocado la campana •

images-ab9bfa232ccc13b8f9040d94f144a970_4«No soy exactamente como George Clooney, lo siento», sonríe el padre Fabián Báez ante el fotógrafo que está buscanco el mejor ángulo para retratarlo. Después del “salto de la valla” del 8 de enero pasado, durante la audiencia del miércoles, el sacerdote argentino —que desde hace poco tiempo cambió su responsabilidad pastoral: desde marzo estará en el santuario de San Cayetano en Liniers, en Buenos Aires— ya es conocido en todo el mundo como el “sacerdote del papamóvil”.

 

Aprovechamos su visita a nuestra redacción para hacerle alguna pregunta. “La primera vez que lo vi, en los años noventa —responde Báez cuando le preguntamos cómo conoció a Bergoglio— era aún estudiante universitario; me confesé con él —una confesión muy linda, muy cordial— y luego me regaló un librito sobre la devoción al Sagrado Corazón. No hemos trabajado nunca juntos en algún proyecto en especial, y no existía un amistad especialmente cercana, era sencillamente muy cercano a todos nosotros, incluido yo. Lo que más llega a todos, creo, es que Bergoglio es un hombre libre. Y muy, muy inteligente. En Buenos Aires a todos asombraba su austeridad, por el hecho de que le molesta toda barrera de protección entre sí mismo y el mundo real. Era evidente, en él, el gusto, la “diversión” de estar entre la gente, incluso siendo arzobispo y cardenal. Sus llamadas telefónicas sorpresivas, que llegaron a ser célebres en la prensa de todo el mundo, no son una novedad para nosotros”. En una ocasión, Bergoglio había dado cita en el arzobispado a un sacerdote amigo mío, el padre Diego, continúa Fabián Báez, «y él aprovechó la ocasión para pedirle consejo acerca de todas las situaciones más delicadas, complicadas y difíciles que estaba viviendo, hablando lo más libremente posible. El arzobispo escuchaba y hacía preguntas, y el diálogo era cada vez más largo. Al salir, Diego vio a Fernando de la Rúa Bruno, el presidente de la República, que estaba esperando en la antesala. Y quedó sin palabras».

 

Silvia Guidi

 

Fuente: http://www.osservatoreromano.va/es

 

 

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