AFERRADOS A UN TROCITO DE LA CAMISA DE ROMERO. Pequeños y grandes milagros desconocidos del obispo de El Salvador que será elevado a los altares

24 de marzo de 1980, Capilla de la Divina Providencia, San Salvador

24 de marzo de 1980, Capilla de la Divina Providencia, San Salvador

por Benjamín Cuéllar*

En el mensaje pastoral rico y prolífico, valiente y profético del cuarto arzobispo de San Salvador, hay frases puntuales y declaraciones más extensas, que se recuerdan por su claridad y contundencia. Corresponden a la época en que ocupó ese cargo, hasta su martirio: entre marzo de 1977 y marzo de 1980. Pero también hay otras, menos conocidas, que son anteriores a su pública defensa de los derechos humanos. De igual forma hoy, cuando se prospectan tiempos propicios para su proceso de beatificación, salen a la luz milagros de san Romero de América que solo conocían muy pocas personas; y aunque no se hayan hecho declaraciones oficiales sobre ellos, están allí. Y probablemente por el reciente impulso que el Papa Francisco le ha dado a su elevación a los altares, hoy se recuerdan y se difunden. También hay grabaciones de su voz vibrante, valerosa y coherente, de cuando era conocido y amado sencillamente como el padre Romero.

Cuando ocupaba el cargo de secretario de la Diócesis de San Miguel, entre 1961 y 1967, también fue director y editorialista del semanario Chaparrastique. El 7 de setiembre de 1962 publicó un artículo que ilustra con claridad su forma crítica de sentir y de pensar con respecto a la realidad nacional de aquellos años. Se titula “¿Cual patria?”. Allí reflexiona: “¿La que sirven nuestros gobiernos no para mejorarla sino para enriquecerse? ¿La de esa historia cochina de liberalismo y masonería cuyos propósitos son embrutecer el pueblo para maniobrarlo a su capricho? ¿La de las riquezas pésimamente distribuidas en que una “brutal” desigualdad social hace sentirse arrimados y extraños a la inmensa mayoría de los nacidos en su propio suelo?”. Así hablaba alguien que diecisiete años y medio después fue inmolado por los poderes intolerantes que había denunciado mucho antes de su martirio.

El 8 de marzo de 1964 se realizaron elecciones legislativas y municipales en el país. En esa oportunidad, Romero dijo algunas cosas que hoy podrían retomarse por su actualidad: “Se ha difamado sin miramientos, hemos visto casos sorprendentes de cambios de opinión política, se cambia de partido como se cambia de camisa… Por conveniencia, no por convicción, se han traicionado amistades que se creían irrompibles, […] desde la radio, se ha jugado con la opinión por fuerza del mal hábito de ciertos locutores a quienes lo que interesa es el dinero y no la opinión […] La política es una pasión creada por Dios para facilitar y enardecer a los hombres en el servicio de la patria. Pero como todas las pasiones, es una espada de doble filo; si no se esgrime en servicio del pueblo, destroza honores comenzando por el propio del que la maneja”, denunció.

Un último ejemplo de la precisión de sus posturas. El 5 de junio de 1964, Romero publicó su respuesta a quienes veían la fe cristiana como una evasión de la realidad terrenal. “La religión —escribió— eleva a los cristianos no haciéndolos escapar a los problemas que tienen aquí abajo, sino haciéndolos capaces espiritual y humanamente de enfrentarse con ellos y transformarlos. Como cristianos, nuestra mejor adhesión a Dios debe hacernos ser fieles a lo real de este mundo, porque es necesario ser fiel a lo real para ser fiel a la gracia. Es necesario construir la comunidad. No hay que poner a Dios al lado de lo real y fuera de este mundo, ya que amar a Dios es amar todo lo que Él nos ha dado. Amar a Dios verdaderamente es amar en Él a todos nuestros hermanos”. Como arzobispo, todo eso lo resumió en su lema: “Sentir con la Iglesia”.

Y lo hizo hasta encarnar literalmente la frase del evangelista, porque no hay amor mas grande que dar la vida por los amigos. Fuera de este mundo, ya consagrado por el pueblo más allá de las fronteras salvadoreñas, Romero siguió sintiendo con la Iglesia universal. Por eso sus milagros, escalones en el camino hacia la confirmación vaticana de lo que ya es: un santo. De ello da fe el siguiente testimonio de una persona muy cercana a él, íntimamente cercana, como lo demuestra su relato.

¡PROCLÁMENLO SANTO!

A raíz de la noticia del Papa sobre Romero, una querida amiga de muchos años me envió un mensaje que me sorprendió muchísimo. Se trata de la prolongación de la vida de su padre, aferrado a un pequeñísimo retazo de la camisa corta que tenía puesta monseñor la noche de su muerte. Hace más de diez años, le di a ella un pedacito de la misma, que disimuladamente recorté cuando presenciaba la autopsia del cadáver. Fue cerca de las diez y media de la noche trágica del 24 de marzo. Ella se refiere como un hecho milagroso a la prolongación de la vida de su padre, ante la incredulidad de los médicos que le habían diagnosticado la muerte en seis meses. Su padre sobrevivió diez años. ¡Increíble! No tenía idea.

Aquella noche, durante el cruento examen forense del cuerpo de Romero, en el piso superior del Hospital Policlínica Salvadoreña, solo estábamos presentes cinco personas: los forenses, dos curas y el disector que le rompió el esternón con un cincel. En medio de ese cuadro oscuro, crudo y misterioso, nadie se dio cuenta de mi osadía, aunque pienso que a nadie le importaba que recortara alguna de las vestiduras personales del arzobispo asesinado. Ya habían diseccionado —triturado, literalmente— todo el pecho del arzobispo: desde el punto donde penetró la bala 25, cerca del corazón, hasta la quinta dorsal. Las dos camisas que usaba esa desdichada tarde se las quitaron del cuerpo inerte. Allí también se perdieron sus zapatos, entre otros objetos personales, antes de que entregaran ocho días el cuerpo a la funeraria para embalsamarlo.

Aunque yo no creo en esas cosas, catorce años después de esa noche de miedo y tragedia nacional, recorté un pedacito del pedacito original y pensé que a mi buen hermano, que murió en 1994, lo ayudaría a que fuera mejor el final de su vida. No fue así. Por eso ahora me sorprende la crónica muy breve de mi amiga. Poco antes le había dado en mano otro misérrimo pedacito de la ropa del santo a una heroína defensora de derechos humanos que vive en medio de la selva urabeña colombiana, diciéndole que le ayudaría mucho a aplacar y contener la furia de sus enemigos. Todavía hoy está viva y muy agradecida.

Son, pues, tres ínfimos trocitos de la camisa del mártir con destinos diferentes. Uno murió y se la llevó consigo; al otro, ese retacito de tela le prolongó la vida diez años ante la muerte anunciada; y a la otra le dio más vida para que defendiera los derechos de sus prójimos, y sigue viva. ¿Qué más se puede decir ante la palabra viva del profeta, ante esa exposición fervorosa de dos milagros del santo? Precisamente que reconozcan eso, pero con el arte del primo Pikín Cuéllar (editorialista del diario ContraPunto, ndr): Nos piden milagros allende el mar, historias grandiosas para no dudar del juicio de quienes lo vimos pasar, amando a su pueblo… moviendo a pensar… Los ojos humildes supieron brillar; los paralizados pudieron marchar; los siempre olvidados ganaron lugar; los templos de piedra se hicieron hogar… Proclámenlo santo, proclámenlo santo, proclámenlo santo, haciendo sanar los ríos de llanto, mordaza y espanto. ¡Proclámenlo santo, siguiendo su andar! Escombros que gritan no pueden probar; pupilas de hielo no ven aletear el soplo inspirado que le hizo entregar su amor desbordado, ciñendo el altar. Una flor marchita reviste su ajuar; un árbol talado vuelve a retoñar; un ave abatida retorna a volar; una voz callada no para de hablar… Proclámenlo santo, proclámenlo santo, proclámenlo santo, haciendo sanar los ríos de llanto, mordaza y espanto. ¡Proclámenlo santo, siguiendo su andar!

*Miembro del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana de El Salvador

 

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