A la puta calle

A-ñla-puta-calleQueriendo escribir una memoria personal de su empobrecimiento, Cristina Fallarás ha logrado en  el que quizá sea el relato más riguroso publicado hasta ahora sobre lo que nos está ocurriendo como sociedad. Se trata de la crónica inacabada de un desahucio, el relato del empobrecimiento de la clase media. “Miserizarse”, lo llama ella, que lo ha vivido y lo vive. Fallarás, periodista con más de 20 años de profesión a sus espaldas, narra su propio proceso de depauperación, desde su despido como subdirectora del diario ADN en 2008 hasta el día en que le comunican su desahucio, “el final de un despeñamiento larguísimo”.

Esa caída consiste en cientos de momentos que nadie pensó vivir: “El instante en que te plantas delante de tu pareja y te oyes decir: cariño, a partir de ahora la carne es para los niños, ese miserable momento de posguerra para el que no estás preparada”. Escuchamos a diario los datos abstractos sobre desempleo, pobreza, precariedad. El relato de Fallarás da cuenta minuciosa de lo concreto, de cada muesca que el empobrecimiento va dejando en el alma de las personas normales: “¿Por qué debería uno saber lo que son intereses de demora? Hay términos que cuando los entiendes es porque ya los llevas clavados en el lomo: banderillas de demora”.

Cuando los acontecimientos son bestiales basta contarlos como son: los amigos que vas perdiendo en la caída, las llamadas del banco reclamando los impagos, el corte de la luz explicado a los niños. La culpa; encima, la culpaTiene razón Fallarás cuando señala que los desahucios en España presentaban un problema narrativo hasta que su caso irrumpió en los medios de comunicación: no había mucha gente que supiera contarlo y pudiera hacerlo en primera persona. Ella añade la valentía de sobreponerse al estigma: “Es imprescindible, una vez recibes la patada, enumerar sin descanso lo que sabes, lo que eres, lo que quieres. Es tu lucha contra la muerte”.

Narra con veracidad la transformación que le ha impuesto la desgracia, sin arrogarse ninguna representación, ninguna conciencia superior; no hay rastro de moralismo en sus palabras, sólo verdad, verdad, verdad. Al principio, escribe, “no era la pesada, beligerante, furibunda y piquetera individual en la que me ha convertido todo esto. Y a veces no se lo perdono a la crisis; echo de menos cuando era cínica, soberbia y politoxicómana leve en taxi. Esa es la verdad”.

No elude la autocrítica, no recurre a sentimentalismos, ni a muletillas pensadas para conmover al lector. No ha escrito un texto, sino realidad desnuda. Y es desgarradora, porque cuando los acontecimientos son bestiales basta contarlos como son: los amigos que vas perdiendo en la caída, las llamadas del banco reclamando los impagos, el corte de la luz explicado a los niños, la espera a la puerta del colegio temiendo que te reclamen la deuda. La culpa; encima, la culpa.

Su relato sólo puede dejar indiferente a quien tenga una piedra pómez en lugar de corazón. A la puta calle es un grito que nos interpela a todos, pero sobre todo al poder: al poder mediático que pudo denunciar con beligerancia el drama de los desahucios y tardó tanto en hacerlo; al poder financiero y su codicia infatigable; al poder político, incapaz de poner diques a esa codicia y solucionar esto, ese poder convencido de que “gobernar es repartir dolor”, decidido a no mirar hacia abajo y detener la caída de tantos millones de personas normales.

PALABRAAS EN EL QUICIO     Irene Lozano

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